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Meditaciones Marco Aurelio
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Language English
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Meditaciones Marco Aurelio

Hello guys, here we are going to upload Meditaciones Marco Aurelio PDF for all of you. Las meditaciones, pensamientos o él mismo del emperador romano Marco Aurelio. Meditaciones de Marco Aurelio es una obra literaria compuesta por una serie de reflexiones de este filósofo, aparentemente fuera de tiempo y sin cronología.

Fue escrito originalmente en griego entre los años 170 y 180. La obra, en doce volúmenes, es única en su género y parece abarcar los últimos años de la vida interior de este emperador. La historia de la tradición del texto de las Meditaciones es imprecisa e insuficiente hasta el siglo X según el filólogo español Carlos García Gual.

En un pasaje literario que puede referirse al manuscrito del siglo III, el historiador Herodiano menciona el legado literario de Marco Aurelio diciendo: “Él estaba preocupado por todos los aspectos de la excelencia, y en su amor por la literatura antigua no era superado por nadie, Romano”. o griego; esto es evidente en todos sus dichos y escritos que nos han llegado”. llegado”.

Meditaciones Marco Aurelio PDF: Destacar

Género Ensayo
Tema(s) Estoicismo
Idioma Griego koiné
Título original Τὰ εἰς ἑαυτὸν
País Imperio romano

Meditaciones Marco Aurelio Resumen

Libro I

1. Aprendí de mi abuelo Vero la bondad y la ecuanimidad.

2. De la buena fama y memoria legadas por quien me engendró, la circunspección y el carácter viril.

3. De mi madre, la piedad, la liberalidad, y la abstención no sólo de ejecutar acción mala, sino también de pensarla; además, la simplicidad en el vivir y el alejamiento del sistema de vida que siguen los ricos.

4. De mi bisabuelo, el no haber frecuentado las escuelas públicas y haberme proveído de buenos maestros en casa, bien persuadido que en este particular es menester gastar asiduamente.

5. De mi ayo, el no haber sido en los juegos públicos ni Verde ni Azul, ni partidario de los parmularios o de los escutarios; la constancia en la fatiga y los escasos cuidados; el afán de obrar por mí mismo, sin agobiarme con excesivas tareas; el menosprecio a los chismosos.

6. De Diognetes, la aversión a las frivolidades; la incredulidad a lo que cuentan los magos y los charlatanes acerca de las hechicerías y la manera de preservarse de los espíritus, y otras supercherías de este jaez; a no dedicarme a la cría de codornices ni enfundarme en parejas manías; a aguantar la zumba en las conversaciones; a familiarizarme con la filosofía, oyendo las lecciones, primero de Baquio,

luego de Tandasis y de Marciano; a ejercitarme, de niño, en componer diálogos; a haber codiciado el camastro de campaña, cubierto de simple piel, y todas las otras disciplinas inherentes a la educación helénica.

7. Debo a Rústico el haber comprendido la necesidad de enderezar mi carácter y vigilarlo de continuo; no haberme desviado hacia la hinchazón de la sofística, ni haber compuesto tratados teóricos ni esas obras retóricas que tienden a la persuasión; no intentar sorprender al público con ostentaciones de actividad o beneficencia; haber renunciado a la retórica y a la poesía y al estilo atildado;

no pasearme por casa en toga, vedándome tales vanidades ceremoniosas; escribir llanamente mis cartas, a semejanza de aquella que él mismo escribió, desde Sinuesa, a mi madre; estar siempre dispuesto a doblarme y a reconciliarme prontamente con los que se me irriten o me ofendan, apenas ellos mismos deseen allegárseme;

leer con reflexión, sin contentarme con una noticia superficial de los escritos; no dar fácil asenso a las personas que charlan de todo fuera de propósito; haber podido leer los escritos de Epicteto, que él
me prestó de su biblioteca.

8. Debo a Apolonio la independencia de espíritu; la decisión sin perplejidades; el no dejarme regir, ni aun en las cosas mínimas, por otros principios que por la razón; permanecer siempre igual, en los dolores más agudos, en la muerte de un hijo, en las largas enfermedades; haber visto claramente, ante su viviente ejemplaridad, que se
puede juntar la mayor energía a la dulzura;

ningún desabrimiento a lo largo de las lecciones; haber visto a un hombre que juzgaba ciertamente como la menor de sus cualidades su experiencia y su destreza en transmitir la doctrina; haber aprendido cómo hay que aceptar las finezas de los amigos, sin dejarse esclavizar por ellas y sin rechazarlas toscamente.

9. A Sexto, la benevolencia y el modelo de una casa patriarcal; la idea de la vida conforme a la razón natural; la gravedad sin afectación; la solicitud desvelada por los amigos; la tolerancia con los necios y los atolondrados; en suma, la armonía con todos; de este modo, su trato les ganaba con más atractivo que cualquier lisonja, y les
inspiraba a la vez el más profundo respeto;

la habilidad en descubrir con exactitud y método y en regularizar los principios necesarios para la vida; no haber nunca manifestado ni aun en apariencia señales de cólera u otra pasión, antes bien, poseer un carácter muy pacífico y, al mismo tiempo, entrañable; la propensión a la alabanza, pero con discreción; la vasta erudición, sin pedantería.

10. Aprendí de Alejandro el gramático el no censurar; no zaherir a quienes se les fue un barbarismo, un solecismo o cualquier viciosa pronunciación; sino anunciar con maña aquella única palabra que convenía proferir, bajo la forma de una respuesta, de una confirmación o de una deliberación sobre el fondo mismo, no sobre la forma, o por
otro medio apropiado de hábil sugerencia.

11. De Frontón, el haber comprendido hasta qué punto llega la envidia, la duplicidad y la hipocresía de los tiranos, y cómo, de ordinario, esos personajes que llevan entre nosotros el nombre de patricios, son, en cierto modo, insensibles a la estima.

12. De Alejandro el platónico, el no repetir a menudo y sin necesidad, sea de viva voz, sea por escrito, que estoy muy ocupado; y no rechazar así, sistemáticamente, los deberes que las relaciones sociales imponen, pretextando un agobio de quehaceres.

13. De Catulo, el no despreocuparme por las quejas de los amigos, aun en el caso que fuera inmotivada la queja, sino, al contrario, intentar restablecer las relaciones de amistad; elogiar de grado a los maestros, como es fama que lo hacían Domicio y Atenodoto; amar sinceramente a los hijos.

14. De mi hermano Severo, el amor a la familia, a la verdad y al bien; el haber conocido, gracias a él, a Traseas, Helvidio, Latón, Dión, Bruto; haber adquirido la idea cabal de un estado democrático, fundado sobre la igualdad y la libertad de voto, y de un poder que respetase, por encima de todo, la libertad de sus vasallos; de él, también, la aplicación perseverante, sin desfallecimiento, a la filosofía; la beneficencia,

la asidua liberalidad; la plena esperanza y confianza en la buena fe de los amigos; ningún disimulo para aquellos que se tenía deber de censurar; ninguna necesidad de que sus amigos conjeturando adivinaran qué quería o no quería, pues procedía francamente con ellos.

15. De Máximo, el señorío de sí mismo, sin dejarse arrastrar por las ocasiones; buen ánimo en todas las coyunturas, aun durante las enfermedades; la moderación de carácter, dulce y grave; el cumplimiento sin esfuerzo de cuantas tareas se tienen a cargo; el que todos confiaran que así sentía como decía, y que cuando obraba, lo hacía sin fin torcido; nada de asombro ni temor; nunca precipitación ni perplejidad, ni incertidumbre ni abatimiento, ni medias sonrisas,

seguidas de arrebatos de ira o desconfianza; la beneficencia, la facilidad en perdonar, la sinceridad; dar la sensación
de hombre firme más bien que enderezado. Ninguno pudo imaginarse que Máximo le aventajara ni admitir que nadie le fuera superior; en fin, su urbanidad y cortesía.

16. De mi padre, la mansedumbre, pero también la firmeza inalterable en las resoluciones tomadas con madurez; la indiferencia respecto a las vanas apariencias de gloria; el amor a los negocios con perseverancia; la atención para prestar oídos a los que son capaces de proponer algún proyecto de utilidad pública; el distribuir a cada uno, inflexiblemente, según su mérito; la habilidad en discernir cuándo hay necesidad de un esfuerzo persistente o de un aflojamiento;

la renunciación a la familiaridad con los mancebos; la jovialidad con todos; la libertad concedida a los amigos para que no asistieran siempre a sus convites ni le acompañaran necesariamente en los viajes, encontrándole, antes bien, siempre ecuánime cuando alguien por alguna precisión le hubiese dejado algún tiempo; el afán y la constancia en examinar minuciosamente los asuntos sin renunciar a una cabal investigación, satisfecho con una información
superficial;

el cuidado en conservar a los amigos sin mostrárseles fastidiado ni excesivamente apasionado; el arte de bastarse a sí mismo en todo, manteniendo la serenidad; la atención en prever de lejos y en ajustar muy de antemano todos los pormenores sin alboroto; la represión de las aclamaciones y de todo género de lisonja hacia su persona; la vigilancia constante sobre los grandes intereses del Estado; la administración con cuenta y razón de los impuestos públicos,

y la tolerancia con las murmuraciones que en este particular le zaherían; ningún temor supersticioso en el culto a los dioses; respecto a los hombres, ninguna bajeza para granjearse la popularidad, mostrándose demasiado obsequioso o demasiado amigo del populacho; antes bien, sobriedad en todo, conducta constante, experiencia del vivir decoroso sin deseo de novedades;

el uso de los bienes que contribuyen al regalo de la vida —y de ellos habíale colmado la Fortuna— a la vez sin fausto y sin excusas, de suerte que sin rebozo los gozaba, en viniéndole a las manos, y no los echaba de menos cuando le
faltaban.

Meditaciones Marco Aurelio Frases

Libro II

1. Apenas amanezca, hazte en tu interior esta cuenta: hoy tropezaré con algún entremetido, con algún ingrato, con algún insolente, con un doloso, un envidioso, un egoísta. Todos estos vicios les sobrevinieron por ignorancia del bien y del mal. Pero yo, habiendo observado que la naturaleza del bien es lo bello, y que la del mal es lo torpe, y que la condición del pecador mismo es tal que no deja de ser mi pariente,

participante, no de mi misma sangre o prosapia, pero sí de una misma inteligencia y de una partícula de la divinidad, no puedo recibir afrenta de ninguno de ellos, porque ninguno podría mancharme con su infamia. No puedo tampoco enojarme contra mipariente ni aborrecerle, que hemos sido creados para ayudarnos mutuamente, como lo
hacen los pies, las manos, los párpados, los dos órdenes de dientes, el superior y el inferior.

Obrar, pues, como adversarios los unos de los otros es ir contra la naturaleza: y es tratar a alguien de adversario el hecho de indignarse o apartarse de él.

2. Todo mi ser se reduce a esto: la carne, el espíritu, la facultad rectora. Renuncia, pues, a los libros, no te distraigas más tiempo: esto no te es lícito; pero, pensando que eres mortal, desprecia la carne: ella no es más que fango, sangre, huesos, un manojo de nervios, una red de venas y arterias.

Mira lo que viene a ser tu espíritu: viento, y no siempre el mismo, que a cada instante lo expeles para aspirarlo de nuevo. Queda, pues, en tercer lugar, la recta razón. Hazte así la cuenta: eres viejo; no permitas que se le esclavice, que sea agitado, como títere movido por hilos, a merced de instintos egoístas, que se irrite contra el destino presente, o que tema el futuro.

3. Las obras de los dioses se presentan rebosantes de una providencia; las de la Fortuna, no dejan de depender de la misma naturaleza o de una trama y concatenación de los acontecimientos regidos por la providencia. Todo dimana de ella. Además, cuanto acontece es necesario y contribuye a la utilidad común del universo, del cual tú eres una parte.

A más de esto, para cada una de las partes de la naturaleza, el bien es lo que lleva consigo la condición de la naturaleza universal y lo que se ordena a su conservación. Y el mundo se conserva, sea por la transformación de
los cuerpos mixtos, sea por la de los elementos. Bástente estos pensamientos, como principios perpetuos.

En cuanto a tu sed de lectura, deséchala, para poder morir, no refunfuñando, sino realmente resignado y con el corazón reconocido a los dioses.

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