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Ya Te Dije Adios Ahora Como Te Olvido
PDF Name Ya Te Dije Adios Ahora Como Te Olvido PDF
No. of Pages 126
PDF Size 0.70 MB
Language English
CategoryeBooks & Novels
Source pdfsource.org
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Ya Te Dije Adios Ahora Como Te Olvido

Dear readers, here we are providing Ya Te Dije Adios Ahora Como Te Olvido PDF to all of you. Cosa rara, tener a los tiernos diez años un motivo en la vida: hacer que tu padre regrese a casa luego de haberse fugado con la dentista del pueblo. Diez años, buena edad para ser valerosa, pero ¿cómo lograrlo?

Pues bien, su nombre es Raymie y ha encontrado una forma. Será fácil, bueno… quizá. Sólo debe ganar el concurso de Pequeña Señorita Florida. Eso le dará proyección. Será suficiente para que su padre vea la foto de su gloria en el periódico y decida volver porque, ¿quién no querría estar cerca de una chica tan increíble?

Ya Te Dije Adios Ahora Como Te Olvido PDF

Publisher ‏ : ‎ Editorial Oceano de Mexico (September 1, 2017)
Language ‏ : ‎ Spanish
Paperback ‏ : ‎ 196 pages
ISBN-10 ‏ : ‎ 6075272623
ISBN-13 ‏ : ‎ 978-6075272627
Item Weight ‏ : ‎ 8.5 ounces
Dimensions ‏ : ‎ 6 x 0.6 x 9 inches

En la desesperación o el afán por producir un acercamiento o intentar recuperar a la persona amada, mucha gente pasa los límites del autorrespeto, se doblega y negocia con sus principios. En esos momentos no estamos bajo los dictados de nuestra razón, lo que nos gobierna es la angustia que genera la pérdida y simplemente nos traicionamos a nosotros mismos. Habrás sentido esto alguna vez ante un amor imposible o no correspondido, no hay recato ni pudor. ¿

Te ha ocurrido, aunque sea en la lejana adolescencia? De un momento a otro, la dignidad, que es un valor y un derecho, la tiras por la ventana y a pecho descubierto y desvergonzadamente suplicas, lloras y hasta te arrodillas pidiendo que no se marche y te vuelva a querer, como si pudieras convencerlo o convencerla. En una cita, ante la noticia de que su esposo ya no la amaba, una paciente se tiró a los pies del hombre, le besó los zapatos y le rogó que la «volviera a amar».

El marido no sabía qué hacer y se quedó inmóvil. De inmediato la levanté del suelo, le pedí que recobrara su compostura y le expliqué que esa conducta afectaría profundamente a su autoestima. La única reacción que noté en el marido fue una mirada de desprecio. En un momento dado, me dijo: «¿Se da cuenta, doctor, de por qué es tan difícil quererla? ¡Le falta tanto amor propio!».

Después de esa reunión, ella continuó mendigando afecto durante varias semanas sin obtener resultados, hasta que un día cualquiera se cansó de suplicar. Entró en un profundo abatimiento y tristeza, y no tuvo más remedio que empezar a procesar la pérdida de su pareja. Antes del año se sentía como nueva. ¿Por qué defendía tanto mi paciente una relación tan disfuncional?

Alguna vez, en un momento de lucidez, me comentó: «Yo pensaba que no merecía nada mejor». Su autoestima andaba por los suelos. Mucha gente no se basta a sí misma y requiere de la aprobación y el visto bueno de los demás para sentirse segura. Pero ¿cómo sentirte digno, si crees que la valía personal la deciden los demás? La dignidad es una tarea personal, una construcción intransferible.

Si me preguntas cuánto vales, mi respuesta es categórica: no tienes precio. Los humanos no tenemos un valor de uso, sino un valor intrínseco, per se. Vales en tanto eres humano, aunque tu pareja no te quiera en absoluto. Es posible que, si ruegas y suplicas, obtengas la atención de tu ex, pero será una atención negativa, con lástima o fastidio, y supongo que no es lo que buscas y  necesitas.

No es suficiente que la persona que amas esté a tu lado y ande de tu brazo, hay que estar «comprometido» o implicado con el otro, mostrar interés, ganas y empatía, una escucha positiva, no lastimera y obligada. ¿Amarías con alegría a una persona que amenaza con suicidarse si no la amas? Esta presión destruiría hasta el último vestigio de amor sano. He conocido a algunas personas que intentaron llamar la atención del otro amenazando con quitarse la vida y el resultado siempre fue negativo.

Los ex entraban en pánico y sentían una profunda aversión y rechazo. Recuperar la pareja por miedo a que hagas una locura es una locura. El amor plañidero, quejumbroso y doliente es, además de patológico, insoportable. Insisto: si están contigo por pesar, mejor estar solo o sola. Sentir piedad no es sentir amor.

Si quieres llorar, hazlo (desahogarse es saludable), pero trata de hacerlo a solas o con alguien de confianza que te quiera de verdad. No des la impresión de ser una víctima necesitada de condolencias: duelo y dignidad no son
incompatibles. Una paciente, cada vez que nombraban a su ex, estuviera donde estuviera, soltaba el llanto.

En el último mes, andaba pañuelo en mano todo el tiempo. La conducta de hacer público su dolor, sin la menor discreción o recato, hacía que la gente la tratara con pesar y aflicción, lo cual mantenía su papel de víctima e incrementaba aún más su sufrimiento. No digo que haya que reprimir el sentimiento negativo, pero hay dolencias que para ser procesadas adecuadamente deben mantenerse en el ámbito de lo privado.

Si quieres, revuélcate por tu habitación, grita hasta que te estallen los pulmones, insulta a la foto de tu ex en los idiomas que quieras, haz todo esto y mucho más, pero, como ya dije, que pertenezca a la reserva del sumario personal. Cuando digo que la dignidad no se negocia, me refiero a que te cuides, a que te trates bien y con respeto, así el amor te empuje cuesta abajo.

Hay cosas que no están en venta, aunque te duela el alma. Eres un ser dotado de racionalidad, libertad y capacidad creativa. Eres un milagro de la naturaleza, puedes pensar sobre lo que piensas, tener conciencia de quién eres y autogobernarte. No necesitas un «director afectivo» que te mueva los hilos como si fueras un títere. Si ya no te aman, saca a relucir el autorrespeto del que hablo, pisa fuerte, retírate con honores.

«Luchar por lo que uno quiere» es una consigna para respetar e incluso puede llegar a ser admirable cuando se defienden los derechos humanos o se pelea contra la tiranía y las dictaduras, pero aquí no hablamos de política ni de sociología, sino de amores que se han ido o que son «imposibles». Luchar hasta machacarse para que una relación salga adelante solo vale la pena si ambos integrantes de la pareja están implicados en el combate. En el amor se lucha en pareja o se abandona el ring.

Es imprescindible que exista cierta camaradería y complicidad afectiva cuando se pretende salvar una relación. Decir: «¡Por favor, salvemos este amor!» si al otro no le interesas lo más mínimo, es perder el tiempo. Si no ves ni una pizca de esfuerzo o pocas ganas por parte del ser al que amas, pues que se vaya. Cambia de lucha: que la «reconquista» se vuelque en ti mismo o en ti misma. Procesar la pérdida adecuadamente conlleva, al menos, dos transformaciones esenciales del «yo» que se sienten intensamente: una mayor libertad interior y una nueva visión del mundo. Ya no te atarás a nadie y tu mirada no será la misma.

Los supervivientes del amor, los guerreros afectivos,llevan marcas de dolor, pero en sus ojos ves el brillo característico de los que lograron desapegarse, un atisbo de victoria al ser capaces de amar sin temor. Yo sé que estás de luto interior y exterior: tu cuerpo, tu postura y tus gestos lo acreditan. Te duele todo. Pero, aun así, deberías probar un cambio de perspectiva, así el sufrimiento no te deje en paz y la mente parezca haberse congelado. Inténtalo: si ya se fue y no quiere regresar, ¿no sería más coherente festejar la ruptura? ¡Te quitaste de encima a alguien que no te ama! ¡Ya no estarás esperando el renacimiento de una flor marchita! Que te importe un rábano si te amó alguna vez, hoy no te ama, y con eso basta. Una paciente que se separó después de once años casada con un hombre que nunca la había amado ensayó la perspectiva del festejo.

En una cita me dijo: «Viví quince años esperando que me amara, cada día y cada momento fueron una tortura teñida de esperanza. Se fue con otra y ni siquiera se despidió, ni siquiera una explicación. Como usted dice en sus libros: no me merece, nunca me mereció». Le pregunté si se sentía triste y me respondió: «Tengo rabia conmigo misma por no haber sido yo quien tomara la decisión cuando debía haberlo hecho. Pero no importa. Hoy siento un gran alivio. Ya no tengo que ganarme el amor de nadie». Y organizó una gran fiesta en su apartamento. Cambió muebles, quitó cortinas, pintó, decoró y creó un hábitat como siempre había deseado. En pleno jolgorio, tomó su anillo de matrimonio, lo enterró en una mata y rezó.

Su actitud básica no era de lamento, sino de agradecimiento. Agradecía a Dios, a los amigos, a las amigas, a la familia y a la vida ser emocionalmente libre y sentirse nuevamente una persona digna. El día antes de la fiesta me explicó: «Yo no lo odio, incluso podría decirle que hay momentos en que lo extraño… Así de estúpido es el corazón. En realidad, la celebración no es porque dejé de amarlo o porque me olvidé de él, es muy pronto para eso… El motivo es que salí de la cárcel, que ya no tengo carcelero».

Si bien es cierto que cada quien procesa la pérdida como puede y quiere (véase el capítulo «Inventa tu propio ritual de despedida»), y no todos tenemos la suerte de hacer una fiesta, al menos deberíamos ser capaces de no humillarnos pidiendo dádivas amorosas. Haz de tus valores un fortín, crea un templo con tus principios y no dejes que nadie los pisotee. Salva tu dignidad, así el amor te empuje, una y otra vez, hacia el disparate.

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